martes, 23 de febrero de 2021

Almacén de recuerdos 2

 


   Es muy doloroso entregarse a alguien en cuerpo y alma, rebajarse, llorarle un "te quiero", ver claramente en una sola persona la cristalización de tus ideales, reflejo quizás de lo que nuestra madre fue siendo joven. Ahora, ni siquiera nosotros mismos podemos denominarnos todavía como jóvenes. ¿Somos jóvenes aún? ¿Somos todavía jóvenes? Mis padres_ Julián meditaba_ son muy mayores, y lo que no quiero es vivir a su costa.


   _ Pues conozco a muchos que viven a costa de sus padres. Hay padres que pueden permitírselo. ¿Verdad, Nurita?_ ¿Dónde se había quedado Nurita?... María José echaba un pequeño sorbito a su cerveza y seguía el tema de conversación. Cuando María José entraba en la vida de uno, siempre se encontraba un tema de conversación._ Yo, por desgracia, perdí bien joven a  los míos. Pero conozco a alguno, que "para y vámonos." Que a veces, teniendo padres todavía, ni los tratan bien. Como uno que yo me sé, que vive con su madre viuda. Todavía, hasta le levanta la mano. ¿Tú crees que se puede consentir eso? Todavía me pongo en su pellejo, en el de ese infeliz_ proseguía Marijose- tenía alma de novelista-.

 "Le dio rabia, y le entró como una especie de asco cuando la vio temblar, a la mi pobre, una pobre madre que tiene que sufrir como su propio hijo le pega mientras oye sus gritos, no los propios cuya vergüenza reprime, si no los del vástago.... ¿Cuándo entenderán que él, una inteligencia de las más preclaras_ en esas Marijosé se apoderaba del pequeño escenario improvisado e inspirador que formaban las entrañas del Bush-Bareto, y así como recostada sobre un antebrazo contra el cutre mostrador lleno de viejas marcas de vaso y el vaso de birra en esa mano, y haciendo aspavientos con la otra levantaba su otra corta extremidad como pretendiendo ser un molino de viento. En fin, que también era teatro- aficionada, y gustaba de interpretar todo lo que contaba._ ¡Una inteligencia de las más preclaras!_ repetía y exclamaba a un tiempo, Marijose, en el instante en que se metía en las entretelas de aquel monstruo, posiblemente algún vecino del cual estaba hasta la coronilla por los numeritos que montaba. La próxima vez que le oyera pensaba llamar a la policía._ ¡Preclara! ¡Preclara! ¡No sé si entendéis ese vocablo! Pero yo solito puedo salir de mis problemas y solucionarme la vida. Sólo necesito que me dejes en paz ¡vieja del demonio! Sólo necesito a la gente de mi partido, no sé si te enteras. Que deje a ese gente ¡me dice la vieja idiota! Que me estoy haciendo un violento ¡Qué violento ni que violenta! Tú_ grita con dedo acusador señalando a su madre, la cual acurrucada en una banqueta en la cocina esconde la cabeza en el delantal_ Tú sigue votando ¡a los curas! Y ¡a las monjas!. A mí los únicos que me entienden son los obreros_ "Será por lo mucho que trabajas" pensaba la madre para sus adentros._ ¡El proletariado! La gente de mi partido. Ellos son los únicos que entiendo, que quiero entender, y que me apoyan"

    Marijosé hizo un impás, dejó el desdoblamiento a parte_ Y después de ese punto, al tiempo que posaba en la parte mínimamente limpia de la barra minúscula del Bush.Bareto su vaso, se interrumpió a sí misma_ ¡Pero bueno! ¿A qué hora empieza la gente a venir por aquí?

      Entonces, respondió la voz del barman. _ A ver. Las doce del medio día es una hora rara. Los coloquios de intelectuales, las lecturas de versados en la materia que sea, los recitales de poesía improvisados, el rap ese que se escucha por ahí; pero que aquí en España todavía no ha calado; Esas cosas suelen ser como a partir de las ocho de la tarde más o menos.

   _ Pues yo así._ Suspiró Marijose:_  De verdad, que no puedo seguir.

 

Almacén de recuerdos 1

 

   

   Él se cree más que ella, lo que no es así. Y ella le ve a él como a un sol- palabras textuales suyas- a la manera de un Salvador, parece haberle convertido en su ídolo. Y nada es así, tal y como lo perciben sus protagonistas. Simplemente, ella está enamorada, y él está poseído de si mismo. Pero Nuria es una belleza, mientras que él es más bien feo. Por eso, cuando él la ve, a ella, es cuando se baja de su pedestal. Y si acaso vislumbra algo bello en un escaparate, algo femenino, entonces entra, y se permite gastar en perendengues para ella, lo que a su triste figura jamás le dedicaría. Que sepa el mundo que él, Don Julián Muñoz Casares, licenciado en Biología, mas alejado de todo propósito de intento de sacarse una oposición y asentarse en esta vida, ha sido capaz de conquistar a toda una belleza._ Tú, es que no te sabes sacar partido, mujer_ Y ahí van unos guantes calados hasta el el codo._ Eres demasiado simple_ Continúa. Y ahí va un anillo de plata sobre uno de los dediles del guante engrosado de mano tan bella y fina.

   Nuria Amalia Acosta es muy blanca. Nadie diría que es cubana. Más alta que él, todo un cuerpazo; Pero muy tímida. Nada más llegar de Cuba, la primera vez que pisó la plaza del pueblo, un domingo, la hicieron tal corrillo que había quedado medio traumatizada. No volvió a salir a la calle. Intentó sacarse algún curso a distancia por la Academia CCC. Primero, costura. Luego, mecanografía y taquigrafía.

   Se conocieron de pura casualidad en los ochenta. Él, un biólogo frustrado, decidió abrir un bar medio escondido en las entrañas de un bello paraje. Llegar al Bush-Bareto era ya en sí, toda una aventura. Ella trabajaba en la oficina de un almacén para mayoristas. Negocio familiar que llevaban principalmente  sus hermanos. Y la que llegaría a ser con el tiempo su futura cuñada, la marimacha de María José, que lo mismo hacía inventario del almacén que limpiaba el servicio , mientras atendía una pequeña  huerta a la parte de atrás de la nave, hizo el resto, cuando al dueño del Bush-Bareto le retiraron el carné de conducir.

   María José arrancó la furgoneta pequeña. No era cosa de perder un buen cliente. Y los hermanos de Sonia ya estaban bastante ocupados atendiendo pedidos grandes.

   _ Además ese sitio está en el culo del mundo._ Se había quejado Antonio.

   _ No pasa nada. ¿Cómo no vamos a ir si es el sitio de moda? ¿Verdad Nurita? _ Dijo María José con todo su salero. Y le guiñó el ojo a la otra.

    Nurita tenía casi los treinta. Se había convertido en un alma lánguida, melancólica y triste. A lo más que llegaba era a pasar a máquina las cartas comerciales, y a tener bien ordenado, por nombres y por fecha, el archivo documental de la empresa.    

   _ Vamos el sábado por la mañana, y volvemos por la tarde. Habrá algún sitio cerca para comer, digo yo. Y si no, nos llevamos unos bocadillos.

_ A mí me han dicho que no tiene ni retrete para mujeres. Incluso dudo de que consiguiera en su momento licencia de apertura._ rezongó uno de los hermanos Acosta, cubanos de nacimiento; Pero hijos de españoles, antiguos dueños de un ingenio en la isla de ******, y unos almacenes en La Habana, gente formal, muy educada, muy seria, trabajadora, moderna, tan moderna que tenían contratada a una moza de almacén, en vez de a un mozo, María José, huérfana de unos buenos y antiguos clientes fallecidos en accidente de tráfico, y hermana mayor de cuatro renacuajos.

_ Ya está, Genaro, más interesante me lo pones. Yo quiero salir a ligar. Y ese es el sitio de moda. No sé si lo ves.

_ Lo veo, lo veo_ reía Genaro._ pero principia por quitarte esos pantalones de chándal y esas botas. Ponte un vestido, mujer.

_ ¿Un vestido que pueda ponerme con botas?

_ Si tú lo dices. Pregúntale a Nurita, otra destartalada.

    Nuria siempre llevaba sandalias. Por aquella época su estilo era un poco hippie. Y aunque ese estilo ya solo lo llevaban los nostálgicos, Nuria lo llevaba por comodidad, y quizá un poco por dejadez.

   Se llevaban bien las dos, eran almas opuestas más que complementarias. Y creyentes. Ser creyente en los ochenta significaba a veces estar fuera de la iglesia. Eran dos almas de cántaro, las dos, incipientes iniciadas al yoga mientras rezaban el rosario. Las monjas de un convento cercano estaban tras ellas ofreciéndoles la entrada como novicias en su destartalada comunidad. 

 

 

Almacén de recuerdos 3

    



   El problema es que él no era feliz. Sus padres se metían demasiado en sus asuntos. Y él estaría mucho más satisfecho de su propia vida si ellos no existieran. Pero ¿Cómo podría explicárselo? "Lleváis toda la vida protegiéndome. Sois muy cansinos." 

    El joven que hablaba así era un vasquito, posiblemente de Bilbao, alto y delgado, más que de Vizcaya, su fenotipo debía de provenir de Las Landas. Tenía un porrito en la mano y le estaba metiendo la chapa a Nurita, la cual no acababa de sacarle el gusto al té "si por lo menos llevara unas pastas. Ella, que era tan dulcera....Cómo podía haberle terminado convenciendo esta Marijose de hacer semejante excursión. Porque no podía denominarse de otra cosa a ese transporte extraño. Que quería ir a ligar. No habrá sitios mejores en Laredo o Colindres. Por lo menos hay aceras. De pasear, nada. Olvídate con aquellas sandalias suyas. Al cruzar el riachuelo pensó en descalzarse. Menos mal que el dueño del lugar- o ¿señor del lugar debería decir?- asomó por un ventano del chiringuito su cabeza como un sol, desparramada sobre el marco que hacía de alfeizar su cabellera desortijada, rubia como la miel y brillante como...como los brillantes, amatistas, ágatas. ¡Oh Dios! Se había enamorado. ¿Cómo no enamorarse? Había sido tan... tan galante, tan hidalgo. Tan-tan- tan. Nurita sonreía, cantaba por dentro. El té ya debía de estar templado, con bien de azucar sabía rico...  ¿Sabéis? Salió raudo como un caballero para asir su mano con la suya, calluda, morena y fuerte, donde ella pudo apoyarse y volverse a calzar, luego les indicó a Marijose, que es siempre una precipitada, y a ella, a la cual no soltó de la mano en todo el rato,  el camino del puente... Mejor, puentecillo. Aquel Brillante Señor del Lugar lo había construido con sus propias manos, aquellas manos suyas, inquietas, atezadas, viriles...El puentecillo era una mezcla de ingeniería rústica y moderna al mismo tiempo... Nurita, la cual se había pasado toda su niñez creyendo en los cuentos de hadas, se sintió como en uno de esos cuentos hecho realidad. El joven vasco se había callado un rato, sus pensamientos divagaban perdidos en un mar de rencores.

  No soltó su mano. No, no había soltado su mano hasta hallarse ella, la joya adorada,  cómodamente sentada en el velador que había sobre una medio escondida plataforma donde sobresalía una pared de cristal de colores hecha con botellas, o ¿era un cobertizo? Sí, aquello parecía un antiguo pajar. Las vigas se cruzaban sobre su cabeza. Pendientes de algunas de las más exteriores colgaban unas madreselvas, y unos kiwis, posiblemente, los primeros que se habían plantado en todo el norte de España. Nurita jamás había visto aquella extraña fruta con pelo. Qué cosas tan raras...El joven de Bilbao bebía cerveza. Su pelo rubio sin brillo, blanquecino y lacio se le pegaba a la frente. Decía que estaba estudiando Comunicaciones y que estaba hasta las pelotas de haberse pasado la vida estudiando. Que aunque su padre era ingeniero industrial, no podía comparar la ingeniería de comunicaciones, con la suya, que al fin y al cabo no dejaba de ser un mecánico. Mientras que él, a él sólo le faltaba que le plantaran unos electrodos en la cabeza para ir conectado a todas partes. Que estaba hasta las pelotas del puto ordenador y los putos comandos. Que se le estaba quedando el culo plano con el cuerpo todo el día pegado a la silla. Que cuando se levantaba de frente a la mesa de estudio le dolían hasta las rodillas. Que nunca llegaría a colapsarse su masa muscular porque jamás la desarrollaría en su puta vida, con aquella puta vida de mierda. Que la asignatura de programación se la regalaba a su madre, funcionaria dentro de la incipiente maquinaria del recién nacido Gobierno vasco. ¡Que ya estaba bien de perder su vida!...

    Sí, eso. ya estaba bien. ¿Dónde se había metido su amor? "Creo que está dentro, en la casa, o en el chiringuito?" Y "¿Dónde se habrá metido Marijose?..."

    Bajo la solana enorme y saliente donde resplandecía el sol del medio día, la penumbra no le dejaba vislumbrar el interior del bar. La puerta era bajita y estrecha, hecha de tablas de obra, y pintada, o mejor despintada, de parchones de color verde aguamarina, cal y azul añil. En unas letras rojo bermellón se leía la palabra bar. Allí dentro, sentada en una banqueta alta parecía distinguir la cadera ancha y la espalda estrecha de Marijose. ¡Muy bonito! Ella pelando la pava con un hombre interesante y ella allí, como una flor mustia escuchando el drama de un loco, o mejor sea dicho, lo que parecía un pijo frustrado. Marijose le habría denominado así con todas las letras.

viernes, 4 de noviembre de 2016

¿Quién mató al taxista?




   Clara Ines es una mujer entrada en los sesenta años; pero que aparenta diez menos. Y sin embargo es apagada, y triste. El lunes cuatro de Enero ha comprado un perro de aguas en la gatería de la esquina. Clara Ines cree que el cachorro de can podrá hacerle recuperar la ilusión por la vida que se le va. Lo que no sabe es que ese pequeño animal le traerá problemas.
 
   La mañana del suceso vestía traje de espiga elegantísimo, chaqueta y pantalón a juego. Salió al parque- Hacía sol, y el reloj marcaba las once. Compró el periódico en el kiosko de la entrada del parque. Miró la fecha: 11 de febrero del 2004- El sol sale a las 7.45 y se pone a las 7.30. El perrito podría esparcirse a gusto en el césped. Pero en febrero  la humedad  fría de la fina capa de hielo parecía desanimar a Bucowski. Ellos, quería decir ningún perro, no pondrían sus cuartos traseros sobre un verde inclemente.
 
  Es como si le estuviera viendo en ese mismo momento. Bukoswky ha corrido hacia la acera y ha hecho sus cosas ahí mismo. Entonces ha recogido sus excrementos con la bolsita de plástico consabida, se ha acercado a la papelera y Bukowski ha empezado a ladrar como un loco.

  _ No paraba de ladrar y me tiraba del bajo del pantalón con la boca, y eso que es un cachorro, oiga. Le digo que me deje, y ni caso. Le pregunto que qué le pasa y me suelta y pone sus patitas delanteras en la papelera. Me acerco a mirar. Y me llevo la más desagradable sorpresa de mi vida. ¿De qué iba  a saber yo que había una pistola dentro de la papelera? Tengo un susto de muerte. De verdad se lo digo.

 

miércoles, 12 de octubre de 2016

Sabina, Santuca y Solines.




    A Solines se le caían las lágrimas de los ojos. De un lametazo se quitó el regusto salado de ellas de sus gordezuelos labios al tiempo que se enjugaba la nariz. Los rayos de sol de la mañana se entretejían burlones en su maraña de pelo rizado rubio mate, y ni así conseguían sacarle el lustre a sus apagados cabellos del color de la paja seca. Del recuerdo de su padre retenía tan sólo su último encuentro, y el como se sorprendió a si misma viéndose en el espejo del rostro de su padre. Igual de rubia, iguales grandes ojos azules, de ese azul triste tintado de neblinas... La misma nariz larga y fina, el mismo mentón, de las tres hijas era Solines el retrato clavadito de su padre, un hombre tan guapo que bien podía haber pasado hasta por mujer. Alto y delgado, su envergadura le dio para abrazar a las tres niñas juntas, que en aquel momento tendrían las edades de catorce, doce y ocho años: Santuca, Solines y Sabina. El hombre había humedecido tan tierna y sinceramente las cabezas de sus hijtas con sus lágrimas, que ya no pudieron olvidarle. Fueron años de tantas penurias que en sus sueños su padre siempre apareció como el caballero andante o el mago de los cuentos de hadas, o mejor, el Rey de su mundo de fantasía adolescente, dijera lo que dijera en su contra, la bruja de la tía Sara.
_ ¡Sabina! ¡Ma petite!_ Lloraba el francés al tiempo que intentaba alzar del suelo a su pequeña._ ¡Cuánto has crecido! Yo ya no puedo contigo.
   El encuentro había sido preparado de manera furtiva y en la casa de una antigua empleada de la fábrica donde este señor había trabajado como administrador. Sabina no se acordaba casi de su padre y tuvo miedo de que aquel señor se las llevara con él.
_ Eres igualita, igualita a tu madre. Mirad niñas. Aún llevo su foto, aquí en la cartera, al lado del corazón.
_ ¡Es Mamá! Mamá _ exclamaron felices todas al descubrir una foto nueva de su difunta madre.
_ ¡Qué guapa era!
_ Aquí está más guapa que en las fotos que nosotras tenemos. Fíjate en el vestido._ Advirtió Solines.
_ Esta foto me la dio tu madre de prometida antes de casarnos. Tenía sólo dieciséis años.
_ Qué bonita. Es cierto que es idéntica a Sabina_ reconoció la mayor. Y en esta foto está vestida con colores claros. ¿De qué color era el vestido? Nuestro padre nos lo puede decir. ¿No es cierto que lo recordarás?
_ Cómo olvidarlo. Este era el vestido que llevaba puesto vuestra madre la primera vez que la vi. Era un bonito vestido de seda azul celeste, con los detalles y las rayas de la falda, dorados. Le quedaba divino. Los colores claros resaltan la belleza morena. La conocí un día de la batalla de flores y llevaba puesto este mismo vestido, ya os lo he dicho. Era un vestido vaporoso, veraniego y con mucho polisón detrás, lleno de lazos y de encajes dorados.
_ Como el vestido de una princesa_ dijo alguna de las niñas.
_ Ella era mi princesa y ahora lo sois vosotras.
_ El vestido sería el de los domingos y los días de fiesta, lo más seguro._ Calculó Santuca de forma sensata. Y seguro que se lo hizo la tía Soledad, es una modista estupenda. Nuestros vestidos los hace ella también.
Su padre se echó a reír._ No sé si la culpa o el mérito fue del vestido. Solo sé que me enamoré de ella nada más verla._ Ellas también empezaron a reírse acercándose con más ganas a su padre.
_ Sí que era guapa_ corroboró Santuca_ Entonces ¿A quién me parezco yo?_ Añadió poniendo un gracioso mohín de disgusto.
_ Tú eres una belleza. _ El francés apretó la cabeza de Suca, su primogénita, contra su pecho_ Tú eres igual que mi madre._ Y luego recogiendo en una mano toda la barbilla de Solines y arrugándole el morrito con los dedos puso la nota jocosa._ y a ti, si te pusiéramos un bigote..._ Dijo pensativo_ ¿A quién te pareces tú? Yo no sé a quién se parece esta niña.
_ ¡A ti papá! ¡A tí!_ Exclamó y ahí se abrazó más a su cuerpo y se echó a llorar.

   Recordaba Solines en su congoja como su mismo padre reprimía aquel día las lágrimas, al recordar a la madre de sus hijas, al deshacerse en la dicha de poder abrazarlas de nuevo.
“¡Qué mujer más bruja!” Pensó Solines y le vino a la mente la tía Sara, la hermana pequeña de su madre. “ Si mi padre nos quería ¿Porqué ese empeño en que nos olvidáramos de él?”


   _ Quiero pagaros un buen colegio niñas. Quiero que seáis algo en la vida. Más difíciles y competitivos son los tiempos, más preparadas debéis estar.
Yo estoy tan feliz de haber tenido sólo hijas._ Añadió._ Amigos míos españoles están perdiendo a sus queridos hijos sin haber estallado todavía la guerra. Dicen que va a haber guerra en España Santuca_ en ese momento su padre tragó saliva_ Yo quisiera que vinierais conmigo.
_ ¡No papá! ¡No!_ Prorrumpió Santuca, la mayor._ Tú lo has dicho: Yo soy mujer, aun cuando estalle una guerra en este país ni a mí ni a mis hermanas nos pasará nada. No queremos dejar a nuestra familia papá.
_ Yo lo comprendo. Tenéis tíos, buenas gentes, más buenos que yo. Pero sufro por vosotras. Una bomba podría...
_ ¡No sufras papá! En Laredo tenemos refugio, es el túnel que va al puerto viejo, debajo de la Atalaya y la sirena de la venta nos avisaría en caso de ataque aéreo. Se lo he oído decir al tío. Y las nuevas autoridades, los mandamases del Frente Popular han dado la orden de quitar todos los orines que había contra las paredes.
_ Algunos asquerosos iban a hacer sus necesidades al túnel_ Dijo Sole con cara de asco.
_ Pero lo cubren con las cenizas_ añadió Santuca._ Era para las Roturas, para abonar todas esas pobres huertas de los arenales.
_ De todos modos era un lugar de lo más asqueroso.
_ Y los que no tienen escusado en casa. ¿Dónde vacían ahora los cubos de las aguas negras? Tú eres muy fina Solines. Nosotras tenemos una casa bien. Pero hay muchas niñas pobres que van a comer al comedor social y sus padres se quejan de la nueva orden ¡porque ahora han de vaciar los orinales en el alcantarillado! Y las heces apartarlas en un cubo y taparlas con cenizas en un rincón de la casa y todos los días no van a las Roturas._ Todo esto lo soltó de corrido Sabina, la cual no había hablado nada en toda la ocasión._ El francés explotó en carcajadas.
_ ¿Cómo sabes todo eso?
_ Se lo oí decir a unas niñas en el comedor. Ya lo he dicho.
El hombre torció el gesto. Solines exclamó_ ¡Tú eres tonta! ¡Se lo diré a la tía Soledad! ¿Qué necesidad tienes tú de ir a mezclarte con todas esas?
_ Yo también tengo hambre._ Respondió Sabina de forma descarada. Y yo si que me quiero ir con papá.
Santuca y Solines empezaron a atropellar sus voces como locas.
_ No le hagas caso papá.
_ No le hagas caso, lo que pasa es que Sabina sólo piensa en comer y en dormir.
_ Es una tragona y una floja.
_ Nunca quiere hacer nada.
_ Dejadle hablar niñas, dejadla-.
_ Lo han solucionado._ Dijo Sabina.
_ ¿El qué?
_ Lo de los orines.
_ ¡Y sigue con el tema! ¡Serás chona!_ ¿Lo exclamó Solines o Santuca o las dos al tiempo? El caso es que Sabina, la cual no había dejado todavía su edad escatológica acabó por dar todas las explicaciones pertinentes sin cortarse un pelo, sólo poniéndose un poco colorada.
_ Al Señorito Luis le han encargado de la carretilla.
El Señorito Luis era el típico soltero de familia venida a menos y sin trabajo conocido; pero que había sabido vivir muy bien gracias al cuento que se gastaba, y a sus amistades monárquicas; al menos mientras el Rey Alfonso XII estuvo en España. Luego llegó la República y el pobrecillo se convirtió en el hazmereir.
_ ¿ Qué carretilla?_ Preguntó el francés.
_ La que va recogiendo los cubos con “los bañaos” de las casas sin inodoros. El Señorito Luis ha dicho que no le importa hacer tan importante trabajo, siempre y cuando también los vecinos contribuyan a la preservación de la salud pública bajando sus cubos bien mezclados con ceniza.
_ Claro, claro._ Musitó Bernard Perier._ En fin muchachas, no os avergoncéis. Al fin y al cabo no hace aún cien años que Doña Eugenia de Montijo, española que llegó a ser emperatriz de Francia, mandó construir servicios en el Palacio de Versalles para uso de los nobles señores que meaban en sus pasillos. El preocuparte de cosas aparentemente sucias dice mucho de tu inteligencia práctica, mi querida Sabina.
_ Y de su desatinado sentido de la oportunidad._ Añadió Solines.
_ Sigamos con lo que nos importa_ dijo el padre._ Puesto que no queréis dejar vuestro pueblo, me dejaréis por lo menos que os pague el colegio.
_ Yo soy la mayor.
_ Ya lo sé hija. Tu madre tenía tan sólo dos años más que tú en esta foto. Y nos casamos, ella con dieciocho, yo con veintidós.
_ A mí me gusta ayudar a la tía Soledad con la huerta y las gallinas. Así ella tiene más tiempo para coser y no se le estropean las manos, sino el hilo se le trabaría en las durezas de los dedos. ¡Pero yo puedo coger la azada que no me salen durezas! Mira mis manos padre. ¿Ves que siguen siendo las de una señorita? Solines es más de tienda y de cuentas. Ella empieza a ayudar al tío Santos.
_ ¿Y tú quieres estudiar Solines?
_ Yo sí.



 Y así fue como Solines fue al colegio de Las Monjas Irlandesas, en Isla. Y así fue que volvió con aquellas ínfulas de pintora y artista frustrada que saldrían a relucir muchos años más tarde, y así fue que consiguió que los muchachos más litris del pueblo pusieran sus ojos en ella.
   Entretanto Sabina aprendió, por fin, a no mezclarse con el vulgo. Fue mayor el escarmiento que todos los los reparos de clase, por el desprecio recibido el día en que una monitora del comedor social le quitó el plato de la mesa y la despidió con cajas destempladas acusándola de no necesitar para ella la comida de los pobres. Sabina lloraba de rabia y vergüenza.
_ Te lo habíamos advertido seriamente, niña._ Dijo la tía Soledad.
_ Pues dile a la tíita Sara que me de más de comer.¡Porque yo me quedo con hambre!
_ ¡Será basta y comitrona!_ Renegó la administradora de la casa.
_ La niña está creciendo mucho_ dijo el tío Santos._ No es justo que en esta edad delicada pase necesidades que no ha pasado el resto de la familia, sólo porque son años peores.
_ Pues que no crezca tanto._ Protestó Sara.
_ No digas ignorantadas Sarita._ Yo hija mía te doy mi ración_ añadió.
_ ¡Y usted ¿qué come?_ Preguntó Sara como retando al tío Santos a un duelo.
_ ¡He dicho que mi ración íntegra va a ser para la niña! No se te ocurra ahora repartirla entre todos. Yo, ya me las apañaré.



   Al poco de llegar del colegio, con dieciséis años y recién estallada la guerra se despidió Solines de su novio, el mayor y el más buen mozo de los Buces, unos de los panaderos del pueblo. Y ese joven delgado y aguerrido que pasaba como voluntario al bando Nacional nada más declararse El Levantamiento sería cuarenta años más tarde el armario de piernas torcidas que concebiría a Maru una noche tonta. Pero para eso tendría que pasar mucho tiempo. Menudo lince fue el padre de Maru toda su vida. Él de héroe, mientras sobre los hermanos caía el acoso del Frente Popular, puesto que El Norte seguía siendo zona fiel a La República. De ahí la ruptura de Pepe con sus hermanos y la consiguiente enemistad irreconciliable.



     Al acabar la guerra Pepe entró en el pueblo con los liberadores, gordo, moreno y lustroso. Le habían ido las cosas por así decirlo de manera basta y pomposa, como él era: de puta madre. Siempre fue hábil para reconocer el bando conveniente. Sus hermanos no volverían a hablarle. Chancho había llegado a estar detenido por nada, no se sabe ni que le hicieron, sólo que la pagaron con él el que su hermanito el héroe se hubiese pasado a los contrarios. Chancho, que todavía vive, se casó; pero no tuvo hijos. De sus sobrinos, los herederos son exclusivamente sobrinos de su mujer,  ahí no cuentan tampoco los hijos de los otros hermanos, ni de los de Colás, el cual sí llegó a perdonar a Pepe, ni los de Lola.  Chancho jamás quiso contarle a nadie, ni a su mujer ni a su hermano Colás lo que le hicieron aquellos bestias. Lo único que podía en algo revolver las vejaciones y torturas pasadas era sólo el pensar en su hermano Pepe. De buena gana le habría matado el mismo con tal de no haber tenido que pasar por aquello. Colas tuvo más suerte. Serrano, otro panadero vecino, nombrado por el partido de la zona jefe de intendencia, le encargó del convoy que subía a Castilla a por la harina y así consiguió no hacerse ver mucho. Pero Chancho... Chancho odió siempre a muerte a su hermano mayor.

   Su padre mismo le miraba mal.
_ Pues menos mal que he ayudado a ganar una guerra, que si la llegamos a perder._ Se quejaba Pepe. Para este recibimiento de familia me habría quedado en Barcelona.
_ ¿Y a qué has venido?_ Le respondió el padre.
_ A casarme. Así que vaya usted pensando en soltar la gallina.

   Y el padre le dio lo justo.
_ Usted es un hombre rico_ protestó Pepe.
_ Dale gracias que te doy lo que te doy. Hoy nadie es rico.
_ Pero usted puede darme más. Hablaré con madre, le pediré parte de su dote, aunque sea prestada.
_ Y tú dime: ¿Qué has ganado haciendo la guerra? Haber aprovechado a hacer méritos como otros o ¿No hay ninguna prebenda para el hijo de Venancio Buces? Han sido tus hermanos y el cuñado los que han mantenido a flote la empresa familiar y en medio de muchas calamidades. Yo no puedo darte nada más sin contar con ellos. Y los duros de plata de la dote de tu madre pregúntale a ella dónde están. Si no mataron a Chancho esos bestias igual fue gracias a esos duros. Vete a pedírselos.
_ Esos no eran de mi bando.
_ ¿Acaso los de tu bando eran mejores?
Bestias eran los que usted refiere y aquí seguirían  desgobernando, y amedrentandole a usted y a los de su calaña, a todos los cobardes de este pueblo de mierda ¿Qué ha pasado aquí? Me marché a luchar por unos ideales que me trasmitió usted. ¿ Qué le ha hecho cambiar de idea?
_ No hay más que hablar. Dale las gracias a la futura nuera de mi parte, que deseoso estoy de que te vayas de mi casa cuanto antes.


   La casa familiar y la finca de los Buces en la Pesquera habían sido de las más ricas y prósperas de la zona, lo que la había convirtió en presa favorita de los milicianos, requiso tras requiso quedó poco más que esquilmar después de la guerra; y había que empezar de nuevo. Ni los hermanos querían trabajar con Pepe ni éste con sus hermanos. El viejo Buces pasó el testigo de la panadería a sus hijos y del testamento desapareció la participación que antes de la guerra lo mismo le habría correspondido a este hijo, el hijo mayor. Sólo la madre insistió en que no se hiciera lo mismo con el resto de la hacienda.

Recuerdo haber ido con Maru y su padre a la finca de La Pesquera, y haber corrido las dos por aquel jardín medio señorial, luego abandonado y selvático, mientras su padre entraba en la casa, una gran casona cuya mitad ya amenazaba ruina y a la que el hombre nos impedía acercarnos. Nuestro sitio preferido era la mesa de piedra tallada y los bancos también de piedra bordeados de líquenes o ¿Serían de hormigón hechos de molde? No lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que estaba a la sombra de un cerezo y parecía un sueño aquel parasol de flores blancas flotando sobre nuestras cabezas. También había en el jardín nísperos, perales, membrillos, limoneros naranjos; todo abandonado.
_ ¿Porqué nadie vive aquí?_ Le pregunté a Maru.
_ Esta casona es de mi padre y de sus hermanos; pero mi padre sólo se habla con Colas y con la tía Lola, y no quieren vivir juntos.
Así que era de todos y de ninguno.
_ Mi padre quiere comprarles su parte y ellos no quieren vendérsela. Sobre todo el tío Chancho, el hermano pequeño de mi padre, ese es el peor. Se niega en redondo. Y ni siquiera tiene hijos. A él no le importa. Él vive en una casa bien bonita de campo con su mujer que es rica, y que tampoco tiene sobrinos porque su hermana está soltera y ¿Sabes que tiene una juguetería muy cerca de donde yo vivo? Siempre es sumamente amable conmigo, siempre me enseña las últimas novedades. No es mi tía; pero como si lo fuera. Pero a mí me gustaría vivir aquí...Si mi abuelita viviera.
_ ¿Yo podría venir a jugar contigo?
_ Pues claro. Y de todos modos podemos venir siempre que queramos. Hay unos higos muy buenos, tenemos pajareros y los típicos de botella, de esos muy verdes que son todo rojo cuando los abres; pero a mí me gustan los más dulces, unos que son blancos por dentro.
La boca se me hacía agua._ En el verano vendremos a coger fruta_ dijo ella.

Y en el verano ¡claro que fuimos a La Pesquera! Pero no a recoger fruta.

Su única carta.





    Solines se casó con Pepe Buces en lo más crudo de la posguerra civil española, cuando ni siquiera los ricos vivían bien. Mientras Soledad y Santos intercambiaban viandas en un colmado medio vacío los Buces eran panaderos.
La tía Sara renegaba del francés.
_ ¿Qué pasa? Preguntaba Soledad con su parsimonia habitual._ ¿Ya no escribe?
_ ¡¿Qué va a escribir? ¿Cuándo ha escrito? !_ Respondía la otra con desprecio.
_ Ahí debajo de tu colchón me parece que tienes algunas cartas atesoradas.
Mujer, acaba de estallar una guerra en Europa y es Mundial. Francia ha sido invadida por Alemania. ¿Quién va a estar para escribir cartas en esa situación? _Dijo Santos.
_ Como no quiera volverse a España a chupar del bote con el cuento de sus hijas.
_ Soledad hija, dile a tu hermana...
_ Ya, ya: que no hable así del padre delante de sus hijas.

   ¿El francés vivía en el Sur? Poco tenía de judío. ¿Fue uno de tantos colaboracionistas franceses con el régimen nazi? Alto, rubio, ojos azules, guapo, guapísimo hombre de negocios. En los años veinte se había ganado el sueldo trabajando para un fabricante alemán, de los que surtían de pertrechos al ejército de la república de Biskmar. Desde el Norte de España se dedicaba a dar salida a todo tipo de conservas en salazón y aceite, listas para formar parte del macuto de supervivencia de un soldado germano. El abuelo de Maru para estas alturas posiblemente se había vuelto a casar.
  
   Un día Solines recibió una carta en la dirección de su miserable negocio. La trastienda dividida en almacén y cuchitril, suficiente para unos recién casados, daba a un patio abarrotado de cajas de madera llenas de cascos de vidrio. A la luz del sol, la única luz solar proveniente del astro rey que entraba en aquel triste local por esa puerta que daba al patio, leyó Solines una carta de su padre, la primera que esta recibía.

Sabes hija mía, mi Solines, cuanto me duele no haber podido estar presente el día de tu boda. Quizá te sorprenda ahora, a estas alturas, una carta mía. Pero tu tía ya no contestaba a las cartas que durante todos estos años os he escrito a ti y a tus hermanas. Pensé que la noticia de mi nuevo matrimonio quizá no haya caído del todo bien en el seno de la familia. En cualquier caso me resisto a aceptar esta ruptura, por eso he decidido esta vez dirigirme a vosotras personalmente, y ya que has sido tú la primera en casarte, aprovechar de paso a mandarte todas mis bendiciones.
Durante todos estos años tu tía Sara me decía que estabais bien, que no necesitabais nada, y que ni siquiera queríais ya volver a saber nada de mí...

   Mientras Santos y Soledad estaban en la tienda se supone que Sara atendía la casa. Cuando el cartero traía carta del francés la única enterada era Sara, y bien pronto, después de leída, releída y hasta husmeada, se daba prisa en hacerla desaparecer. De vez en cuando, cuando las niñas ya estaban en la cama solía ella molestarse en contestarlas, encerrada en su alcoba a la luz de una triste vela.

Entiendo que no hayáis querido volver a saber nada de mi. Si recuerdas la última vez que me acerqué a España para veros tuve que hacerlo medio a escondidas por el delito que pesa sobre mí, delito del que puedo asegurar no soy culpable, dolorosa vergüenza que recayó sobre tu pobre madre a la que tanto quise, y que posiblemente adelantara su triste final.

Mi querida niña, aunque para hoy ya convertida en toda una mujer casada, sabes que tanto tú como tus hermanas sois mis bienes más queridos, sabes que mi anhelo no ha dejado de ser el podernos reunir de nuevo. Y teneros conmigo. En todo este tiempo mi vida a dado tumbos igual que el resto del mundo entero. Pero a día de hoy Francia, mi país, es una nación que ofrece grandes oportunidades, ya que recién acabada esta horrible guerra Francia está recuperándose a ojos vistas y demanda juventud. Tanto a mi mujer le gustaría conoceros como a mí, más que a ella, poder volver a estrecharos entre mis brazos.

Hazme saber lo que necesitas y yo te lo haré llegar como regalo de boda.

Firmado: Bernard Perier Bolivar.